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Así se titula la última novela de la escritora canadiense Margaret Atwood, que de nuevo nada en sus preocupaciones habituales por la supervivencia del planeta y el papel del hombre en el desarrollo de la naturaleza. La trama de El año del diluvio, que transcurre en un escenario apocalíptico, se plantea desde el punto de vista de dos personajes femeninos, Ren y Toby, dos supervivientes de la decadencia mundial a la que han conducido las grandes farmacéuticas y especuladores.
Esta visión apocalíptica del mundo recuerda inevitablemente a novelas que han pasado a la historia como la recientemente versionada en el cine de forma brillante La carretera, de Cormac McCarthy; Un mundo feliz, de Huxley; o Fahrenheit 451, de Bradbury. El diario El País apunta en su crítica de esta novela que es una “ecoteología extrema y extravagante, rica en símbolos, que ha convertido la defensa de la naturaleza en la única vía posible para evitar la destrucción del ser humano”.
El año del diluvio no es la primera reflexión que hace Atwood en torno al papel del hombre en el transcurso natural del mundo. 1001 libros que hay que leer antes de morir destaca tres novelas de la autora canadiense. La primera de ellas, Resurgir (1972), gira en torno “a los límites y las fronteras: del lenguaje, de la identidad nacional, del hogar, del género y del cuerpo”.
En El cuento de la criada (1985), la autora también elabora un mundo apocalíptico. “Atwood crea en esta novela un futuro diatópico en el que la humanidad ha visto reducida amenazadoramente su capacidad de reproducirse y está sometida a un régimen patriarcal por una clase militar dominante, de raza blanca moral y puritana”, apuntan los críticos de 1001 libros… En esta novela, la raza blanca es la dominante de la república Gilead (como la denomina Atwood); fuera están las colonias donde persiste la toxicidad que por poco conduce a la extinción de la raza humana. En esta sociedad, la mayor parte de las mujeres son infértiles y, la primacía del varón, da lugar a la consideración de la mujer en función de su posibilidad reproductora, y, en concreto, de mantener el predominio de la clase alta que gobierna la sociedad. La protagonista de la novela, Offred, reflexiona sobre ese mundo de sexualidad reprimida y la violencia que ejerce sobre la mujer, así como los sentimientos y ansias que despierta en ella, que son el anticipo de afanes políticos de alcance más amplio.
Alias Grace también es uno de los 1001 libros que hay que leer antes de morir, que narra la vida de una joven sirvienta llamada Grace Marks, una de las asesinas más célebres de Canadá. Desde su infancia en Irlanda hasta sus años de pobreza y marginalidad en un Canadá colonial, la novela relata también su condena a los dieciséis años por el asesinato de su señor en 1843.
En definitiva, Margaret Atwood es una autora comprometida con la igualdad, con la defensa de la naturaleza y crítica con los poderes dominantes. Francamente, vale la pena.
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Se acaba de cumplir medio centenario de la publicación de Matar un ruiseñor, la primera y única novela de Harper Lee. Numerosas celebraciones se están produciendo por todo el mundo en torno a un clásico contemporáneo en el que Harper Lee destaca por su ausencia, como es habitual en ella. Por esta novela la escritora norteamericana ganó en 1960 el premio Pulitzer. Las razones son obvias: escrita con una gran fuerza narrativa, esta novela es un grito por la igualdad y contra el racismo
Es además uno de los 1001 libros que hay que leer antes de morir, entre otros motivos, porque demuestra “que el bien y el mal pueden coexistir en una misma comunidad o en un mismo individuo”. De ahí que resulte inevitable que cualquier lector se sienta identificado, por una razón u otra, con Matar un ruiseñor.
Ambientada en Alabama, la novela narra la historia de Scout, la joven protagonista que crece junto a su hermano Jem y su padre viudo, Atticus Finch. Él es un abogado famoso que les habla como interlocutores competentes y les anima a ser generosos y filosóficos, más que a dejarse llevar por la superstición nacida de la ignorancia. En el momento en el que se acusa a Tom Robinson, un joven negro de la ciudad, de una violación que no ha cometido, Atticus acepta defenderle, con todo lo que ello conlleva. La muchedumbre se opone al abogado e intenta por todos los medios (de una brutalidad pasmosa) eliminar a Tom. A pesar de los intentos de Atticus por salvar al joven, finalmente éste es condenado y Bob Ewell, el demandante contra Tom, intenta castigar al abogado.
Paralelamente, Jem y Scout viven su propio drama, fascinados por la leyenda local de Boo Radley, un personaje que acaba defendiéndoles para sorpresa del lector.
¿Qué es lo que hace que Matar un ruiseñor sea un clásico de rabiosa actualidad? Es indiscutible que sin el contexto de la Gran Depresión (en una sociedad plagada de desigualdades) en el que se desarrolla la historia ésta no tiene sentido, y, sin embargo, el tema central sigue girando en torno a la brutalidad en algunos comportamientos ante personas pertenecientes a grupos sociales diferentes.
La excelente adaptación al cine que se realizó de la novela cuenta con una de las mejores interpretaciones de Gregory Peck, en el papel de Atticus Finch. Se trata de una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir, ya que “es un modelo de adaptación literaria, que coloca los detalles sin importancia al lado de los acontecimientos importantes, desgarradores y mortales (los juegos infantiles, un niño hambriento que ahoga su comida en sirope, etc.)”. Brillante comienzo el de esta película, gracias probablemente a la gran aportación musical de Elmer Bernstein.
Comienzo de ‘Matar a un ruiseñor’
Razones para releer ‘Matar a un ruiseñor’ (Fuente: ‘El País’)
“Creo que hay tres razones por las que la gente vuelve una y otra vez a Matar un ruiseñor”, explica Charles J. Shields, autor de la única biografía de la autora (no autorizada, naturalmente, aunque celebrada por la crítica cuando se publicó hace cuatro años), Mockingbird. A portrait of Harper Lee (Ruiseñor. Un retrato de Harper Lee). “Primero, porque es una buena historia y siempre habrá sitio en nuestras estanterías para las buenas historias. Segundo, porque el libro trata un tema esencial en todas partes: el desafío de vivir en paz con gente que es diferente. Y tercero, porque esta novela comparte algo con muchas otras grandes creaciones literarias: te pregunta. ¿Qué harías? ¿Defenderías lo que crees justo como Atticus aunque te enfrentes a las críticas e incluso al odio?”, asegura Shields.
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¿Os aburre que hable tanto de los imbéciles? Más me cuesta a mí hacerlo. Pero es que quiero convenceros de algo: a hierro y fuego nunca acabaréis con los imbéciles. Porque, repito, ellos no inventaron el hierro, ni el fuego, ni los gases, pero utilizan a la perfección todo lo que les evita el único esfuerzo del que son realmente incapaces, el de pensar por sí mismos. ¡Prefieren matar a tener que pensar, eso es lo malo! Y vosotros les proporcionáis mecánicas. La mecánica está hecha para ellos. Mientras llega la máquina de pensar que están esperando, que exigen, que está al llegar, se conformarán gustosamente con la máquina de matar, incluso les va como un guante. Hemos industrializado la guerra para ponerla a su alcance. A su alcance está, en efecto.
Qué actual es este fragmento. Pertenece a un ensayo publicado por vez primera en Francia en 1938. Mucho se ha escrito sobre la guerra civil española, pero pocos lo han hecho de forma tan directa como el escritor francés Georges Bernanos en Los grandes cementerios bajo la luna (Lumen, 2009), para la filósofa alemana Hannah Arendt “el panfleto más importante que jamás se ha escrito contra el fascismo”.
El gran ensayista de París se encontraba en Mallorca cuando estalló la guerra civil en 1936. Testigo del exterminio ejecutado por los miembros del bando nacional mayoritario en la isla, Bernanos reflexiona en este ensayo sobre los horrores del fascismo que también se desarrollarían en el resto de Europa. El también dramaturgo se plantea la dicotomía de las dos Españas que tanto citó Antonio Machado, y, por supuesto, una de ellas le “heló el corazón”:
Cuando las circunstancias, y en especial las necesidades electorales, aconsejan un sistema de alianzas, esos desdichados olvidan de inmediato las distinciones que, por otro lado, habían hecho solo a duras penas. Ellos mismos se reparten en dos grupos, y así la difícil operación mental que se les plantea queda reducida al mínimo, pues ya sólo tienen que pensar contra el adversario, lo cual les permite utilizar su programa marcado simplemente con el signo negativo. Por eso les hemos visto aceptar a regañadientes unas designaciones tan complicadas como, por ejemplo, monárquicos o republicanos. Clerical o anticlerical gusta más, porque las dos palabras solo significan “a favor” o “en contra” de los curas. Conviene añadir que el prefijo “anti” no pertenece a nadie en particular, porque si el hombre de izquierdas es anticlerical, el hombre de derechas es antimasón o antidreyfusista.
Dos años después de aparecer publicado este ensayo, Ernest Hemingway presentaba Por quién doblan las campanas (1940), una novela que narraba la lucha de un profesor universitario norteamericano que había dejado su empleo para combatir en el bando republicano durante la guerra civil española. Se trata de unos de los 1001 libros que hay que leer antes de morir, probablemente por la capacidad de Hemingway de transmitir la “sensación de alienación” del protagonista cuando trata de enfrentarse a la aversión que le despierta la violencia. En Los grandes cementerios bajo la luna Bernanos también dedica palabras a la reflexión sobre el ser humano, como este pensamiento, uno de los más bellos que he leído en mucho tiempo:
Trato de comprender. Creo que me esfuerzo por amar. Es cierto que aún no soy lo que se dice un optimista. El optimismo siempre me ha parecido una astuta coartada de los egoístas, que disimulan así su satisfacción crónica consigo mismos. Son optimistas para no tener que apiadarse de los hombres, de su desdicha.
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Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces […]. Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me llenó de ternura por él. El sentimiento de ser esperada y querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una emoción como de triunfo, un deseo de ser alabada, admirada, de sentirme como la Cenicienta del cuento, princesa por unas horas, después de un largo incógnito. Me acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces en mi infancia, cuando yo era una niña cetrina y delgaducha, de esas a quienes las visitas nunca alaban por lindas y para cuyos padres hay consuelos reticentes.
Todos conocemos a Carmen Laforet por Nada (1945). Fue su primera novela, y también la primera ganadora del premio Nadal que otorga la editorial Destino. Ahora regresa a la palestra con la recopilación de Siete novelas cortas que la editorial Menoscuarto realiza de la autora catalana, formada por El piano, La llamada, El viaje divertido, La niña, Los emplazados, El último verano y Un noviazgo, todas ellas escritas entre 1952 y 1954. Se publica esta recopilación poco después de las biografías Carmen Laforet. Una mujer en fuga (RBA), de Anna Caballé e Israel Rolón y Música blanca (Destino, 2009), la versión de su hija, Cristina Cerezales.
En su tiempo, el tema de Nada resultó nuevo y osado, pues recrea el ambiente sórdido y hostil de una gran ciudad y el de unas relaciones familiares marcadas por la desconfianza y el egoísmo.
Es también uno de los 1001 libros que hay que leer antes de morir, porque, “si bien la trama y el punto de vista eran simples y hasta planos, resultaba notable la capacidad de la joven autora de veintitrés años para crear un ambiente de pasiones sórdidas, de odios, que enmarcan bien la situación de asombrada perplejidad de la protagonista”. La escritora de Barcelona relata las experiencias de Andrea, que, tras padecer el desafecto de su prima Isabel, viaja llena de ilusiones y esperanzas a la ciudad condal para estudiar Filosofía y Letras. Vive en casa de la abuela con su familia materna, unos seres no sólo carentes de capacidad afectiva, sino de escaso equilibrio mental y moral: el melómano Román, oscuro maníaco metido en negocios de contrabando que se suicida; un pintor fracasado que maltrata a su mujer; la desequilibrada Angustias, que busca en un convento sublimar sus frustraciones. Todos le reprochan a Andrea la deuda que contrae con ellos al acogerla, e ignoran a la abuela, una pobre mujer rodeada de parientes egoístas. La expresividad del estilo y el dibujo del ambiente hicieron que la novela fuera recibida por los exiliados españoles como una denuncia social, cosa que ni es ni estaba en la intención de la autora. Hoy prevalece por su ingenua fuerza narrativa y sabemos que fue parte esencial de la regeneración de la novela de posguerra.
Después de Nada vinieron muchas más: La isla y los demonios (1950), La mujer nueva (1955) o La insolación (1963), pero ninguna ha pasado a formar parte de la historia de la literatura española como Nada, un emblema que aún hoy es novela indispensable en la educación secundaria.
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John Irving, por Mariusz Kubik
Pasemos La última noche en Twisted River, con John Irving, en los Estados Unidos de los últimos cincuenta años. Nuevamente el autor de El mundo según Garp nos traslada a una compleja trama en la que los tintes autobiográficos se reflejan en gran medida en el protagonista de la novela, el escritor Danny Angel. Todo comienza con una muerte accidental, que, a pesar de ello, determina la vida de Dominic Baciagalupo y la de su hijo, el escritor y nuestro protagonista. Y, no obstante, el acoso policial al que se ve sometido Danny Angel es sólo la excusa de Irving para presentarnos cincuenta años de política y sociedad estadounidense:
“Todos habían sucumbido al encanto del muchacho perdido, a quien habían adoptado como quien acoge a un perro o un gato callejero. También el cocinero había sucumbido. Acaso viera en ese adolescente, de una alegría poco común, una encarnación de cómo sería su hijo de doce años en el futuro, ya que Angel tenía una expresión afable y una sincera curiosidad, y no presentaba el talante huraño y retraído del que por lo visto adolecían los contados jóvenes de su edad establecidos en un lugar tan agreste y rudimentario como Twisted River” (capítulo 1 de La última noche de Twisted River).
Las novelas del guionista ganador de un Oscar cuentan siempre con un intrincado argumento y con una serie de personajes cómicos y memorables, y se sitúan en un punto intermedio entre la ficción literaria y la narrativa popular. Una oración por Owen (1989), una de las novelas de Irving destacadas por los críticos de 1001 libros que hay que leer antes de morir, está considerada como su obra “más lograda” y es probablemente el libro más autobiográfico del autor norteamericano.
Se trata de un relato de gran riqueza y de profunda comicidad sobre la fe, la duda y los recuerdos, que ofrece además una reflexión sobre la cultura americana. La historia transcurre en Toronto, en 1987. John Wheelwright, un hombre inquieto y obsesionado con el pasado, narra la historia de su niñez y del tiempo que pasó con su amigo Owen Meany durante las décadas de 1960 y 1970. “Wheelwright recuerda a Owen como un enano extraño y de piel luminosa, cuyas cuerdas vocales, no del todo desarrolladas, le daban un tono nasal y estridente a su voz (reflejada en el texto con mayúsculas), cosa que le obligó a soportar muchas crueles travesuras”, explica 1001 libros… La novela se centra en la relación entre la fe y la duda en un mundo en el que no hay ninguna prueba evidente de la existencia de Dios. El propio Owen refleja a la perfección esta idea, ya que representa “la condición espiritual de la humanidad”. Si os gustó Una oración por Owen os encantará La última noche en Twisted River.
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Se habla tanto de Paul Auster que siempre me he mostrado ciertamente reticente a adentrarme en su particular mundo de intrigas. No obstante, y siguiendo la recomendación de una amiga que ha ejercido durante bastantes años de librera, esta semana me he embarcado en el inquietante y perturbador universo del escritor norteamericano. La sorpresa ha sido grata, es más, extraordinariamente satisfactoria, hasta tal punto que la famosa Trilogía de Nueva York se me ha quedado corta. Vaya, que necesito más.
“Estas tres novelas cortas de Auster constituyen una indagación en torno a las posibilidades de la casualidad significativa, de lo accidental y de lo necesario, que se vale de las convenciones de la novela de misterio y de las investigaciones de personajes corrientes sobre los misterios de su propia vida”, apuntan los críticos de 1001 libros que hay que leer antes de morir. Los principios de cada una de estas tres novelas son maravillosos.
Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él.
La primera de ellas, La ciudad de cristal, está protagonizada por un autor de novelas de misterio, Daniel Quinn, poseído por un amor inagotable al género y a sus artificios, que, tras recibir dos llamadas equivocadas que preguntan por la Agencia de Detectives Paul Auster, decide hacerse pasar por Auster y asumir el caso. Quinn empieza a seguir por toda la ciudad a un hombre y, tras desarrollar una obsesión inhumana por el caso, acaba convertido en indigente.
En primer lugar está Azul. Más tarde viene Blanco, y luego Negro, y antes del principio está Castaño. Castaño le inició, Castaño le enseñó el oficio, y cuando Castaño envejeció, Azul le sustituyó. Así es como empieza.
Fantasmas es el título de la segunda novela corta que integra la trilogía. En ella se desarrolla un sofisticado juego de quién espía a quién, con unos personajes con nombres de colores que probablemente inspiraron a los protagonistas de la increíble Reservoir Dogs de Tarantino.
Ahora me parece que Fanshawe siempre estuvo allí. Él es el lugar donde todo empieza para mí, y sin él apenas sabría quién soy.
Por último tenemos La habitación cerrada. Narrada en primera persona, muestra cómo el anónimo narrador ocupa progresivamente el lugar de un amigo de la infancia desaparecido y dado por muerto. Tras casarse con la mujer de éste y hacerse cargo de la publicación de sus obras literarias (inéditas hasta entonces), recibe una carta de su amigo, que le acaba explicando que todo ha sido un montaje orquestado por él.
Como se explica en 1001 libros…, “La trilogía de Nueva York roza en muchos momentos ese punto cero terrorífico en el que la pérdida de la identidad y la apertura de todas las posibilidades se dan la mano”.
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Me gustaría destacar, de entre las novedades de este mes, el primer libro de relatos del escritor japonés Kazuo Ishiguro, publicado por Anagrama. Se titula Nocturnos, y recoge cinco historias que comparten elementos propios de la literatura del escritor nipón: el desengaño del paso del tiempo, el arrepentimiento, el amor por la música, las oportunidades perdidas, todo ello bañado con anécdotas surrealistas. A pesar de lo trágico, Ishiguro introduce numerosos apuntes cómicos que requieren de una lectura con detenimiento.
Repasemos las principales novelas de Ishiguro, comentadas por los críticos de 1001 libros que hay que leer antes de morir. En su primera novela, Pálida luz en las colinas (1982), Kazuo Ishiguro nos introduce en el personaje de Etsuko, una viuda de Nagasaki que vive en Inglaterra. El dolor que le causó el suicidio de su hija Keiko se agudiza cuando llega a Inglaterra su segundo hijo, Niki. “Ishiguro está menos preocupado en ofrecer una descripción del trauma principal que define la identidad de un personaje, que en demostrar que el mismo acto de escribir nunca es lineal”. Al igual que el horror de Nagasaki planea sobre el relato sin que nunca se lo mencione de manera directa, “la interacción entre memoria, identidad y trauma desafía cualquier concepción ingenua del lenguaje como una ventana abierta a un mundo de verdad objetivo”.
En su segunda novela, Un artista del mundo flotante (1986), el escritor japonés se adentra en el Japón de la postguerra, cuando el país trataba de pactar con la revolución social y los valores culturales cambiantes e intentaba superar los errores del pasado. Tres años después de la derrota del país nipón, la esposa y el hijo de Masuji Ono, un artista propagandista del imperialismo japonés, han muerto. Mientras Ono se ocupa de concertar la boda de su hija pequeña, empieza a plantearse si su apoyo artístico al Japón imperial habrá comprometido los futuros de sus hijas. Empieza a nacer en él un contradictorio debate interno sobre si cambiar sus valores anteriores a la guerra por unos dudosos valores modernos.
En Los restos del día (1989) el novelista echa un vistazo a la sociedad británica regida por un despiadado sistema de clases. El protagonista, Stevens, es el mayordomo rígido, frío y aparentemente carente de emociones de Darlington Hall, que, aunque perfectamente caballeroso, era partidario del nazismo. Al morir éste, Stevens emprende un viaje para convencer a miss Kenton, la antigua ama de llaves, de que regrese con su nuevo amo. A la vez, se embarca en los recuerdos del pasado, cuando la simpatía de miss Kenton chocaba con la severidad de Stevens. Al final se da cuenta de que su vida había estado vacía de afectos y repleta de confianza en quien no la merecía, y halla la dignidad en la honestidad de miss Kenton.
Los inconsolables (1995) gira en torno a la extraña sensación que tenemos los lectores de haber estado anteriormente en un lugar. El protagonista es un pianista con un futuro prometedor que, no obstante, sufre ataques de amnesia con frecuencia que lo sumen en un estado de absoluta desorientación. En la ciudad en la que se halla, se encuentra por la calle con personas a las que conoce íntimamente y que parecen conocerlo a él de la misma manera. “Con hábiles toques surrealistas”, como en sus recientes Nocturnos, “Ishiguro deja que el mundo de ficción de la novela se desborde de su cauce”. “Esta novela es una interpretación virtuosa, un texto tremendamente original que exige un compromiso por parte de los lectores y resulta una experiencia muy enriquecedora”.
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Estaba leyendo una selección de versos de los mejores poetas británicos de finales del siglo XX cuando me topé con un poema de John Betjeman dedicado al novelista Thomas Hardy (La isla tuerta. 49 poetas británicos (1946-2006), selección de Matías Serra Bradford para la editorial Lumen):
Allí, en el corazón del nimbo, gorjeaba el corazón de Hardy
Allí, en el borde del nimbo, los cadáveres se revolcaban lentamente
Irradiando alrededor del corazón de Hardy que gorjeaba,
De a poco comenzaron a mutar bajo la luz de su Creador
Hasta morir en la noche del mismo modo que la escarcha oscurece una dalia.
El corazón de Thomas Hardy, se llamaba el poema, y sus palabras me cautivaron de tal manera que no pude más que indagar sobre la vida del escritor inglés. Escribió catorce novelas, de las cuales los críticos de 1001 libros que hay que leer antes de morir recomiendan Lejos del mundanal ruido (1874), Tess, la de los Urberville (1891) y Jude el Oscuro (1895). La segunda de estas novelas narra la vida de Tess Duerbeyfield, cuyo trato injusto a manos de los hombres acaba por abocarla a una horrible caída. En Tess, Hardy presenta un mundo “en el que el espíritu humano se ve maltratado por las fuerzas, ya no del destino, sino de la jerarquía social”. La muerte de Tess, una de las más famosas de la literatura, es el resultado directo de la crueldad humana, y, como tal, representa una de las acusaciones más conmovedoras de las vidas de las mujeres inglesas del siglo XIX.
De a poco surgió de la hierba, dividiendo los montículos por su centro
Cuarteando las raíces, asomaron los cadáveres recién cubiertos
Tess y Jude y Su Señor, diversas madres solteras,
Leñadores, cortadores de pasto, adúlteros, restauradores de iglesias,
Apartando las piedras ruidosas en el cementerio vuelto del revés.
Precisamente a Tess aluden estos versos de Betjeman, así como a Jude el Oscuro. Ésta es la más experimental y amarga de las novelas de Hardy. Cuando Jude Fawley abandona el mundo rural por una pequeña ciudad universitaria, decide recorrer los últimos kilómetros a pie en vez de a caballo. “Mide los pasos físicamente de la distancia que está salvando, una distancia que sólo puede medirse fielmente en la ambición y la esperanza, o en el bello entusiasmo de quien no conoce obstáculos en el camino que tiene ante él”. Sin embargo, sus deseos de saber le desplazan de sus raíces sociales mientras que esas raíces son un impedimento para conseguir sus deseos.
A pesar de la injusticia y la tragedia palpables en las novelas de Hardy, su maestría reside en “presentar una historia de desgracias y evocar en el lector un rotundo sentido de belleza y humanidad, incluso en medio de la crueldad arbitraria”.
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No sé qué tienen los suecos con la novela negra. Pero no cabe duda de que son unos maestros en eso de mantener en vilo al lector. Es bien conocido por todos el éxito de Stieg Larsson con su saga Millenium, sobre la poco ortodoxa investigadora Lisbeth Salander. Pero también cuenta con un gran prestigio en este género el escritor holmiense Henning Mankell, creador del inspector de policía Kurt Wallander, uno de los investigadores más sensibles que ha dado la literatura contemporánea. Con El hombre inquieto, el onceavo libro de la saga, Mankell se despidió de su inspector Wallander, un libro que alcanzó durante varias semanas el puesto número uno de ventas en España.
La periodista Theodora Sutcliffe destaca en 1001 libros que hay que leer antes de morir la novela de Mankell Asesinos sin rostro (1991), en la que aparece por vez primera el famoso detective. “Un hombre y su esposa son brutalmente asesinados. No hay huellas del asesino ni un motivo discernible ni testigos. Las pocas pistas que se encuentran no llevan a ningún sitio, pero algo le dice al detective de la policía, Kurt Wallander, que siga buscando”. Asesinos sin rostro refleja una sociedad sueca que “se enfrenta a la crisis económica, al alto nivel de desempleo, al populismo político” y a la aparición de un partido claramente xenófobo en el parlamento. Una de las mayores virtudes de Mankell en esta novela es la incorporación de un elemento moral a un argumento ya de por sí fascinante.
También se puede realizar una lectura moral de su última novela, El ojo del leopardo, publicada por Tusquets el pasado marzo. El escritor de sesenta años, influenciado quizá por los años vividos en Mozambique, nos traslada en este increíble libro a las profundidades de África, a la hechizante Zambia. El joven Hans Olofson viaja a ese país para visitar la tumba de un misionero legendario; embelesado por los encantos del país permanece allí durante dieciocho años. No obstante, a pesar de sus pretensiones solidarias, el racismo de los blancos acabará por consumirle y empezará a temer por su propia vida.
El ojo del leopardo, aunque no tiene el éxito de la saga Wallander, ha recibido muy buenas críticas nacionales e internacionales. Os dejo un pequeño fragmento que refleja a la perfección la descripción que The Independent realiza del libro: “Un escalofriante viaje al corazón del miedo, la alienación y el desespero”.
“No quiero morir en el suelo. Desnudo y con cucarachas recorriéndome la cara”. La fiebre avanza por su cuerpo igual que impetuosas y sucesivas olas de tempestad. La cabeza le arde como si miles de insectos estuvieran picando y taladrando su frente y sus sienes. Poco a poco va perdiendo el conocimiento, sumergiéndose en senderos subterráneos donde, tras las sombras, se vislumbran las distorsionadas imágenes de las pesadillas. “No puedo morir ahora”, piensa aferrándose a la sábana en un intento por mantenerse vivo.
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A pesar de que la nueva y esperada película de Tim Burton Alicia en el país de las maravillas no tiene nada que ver con las anteriores adaptaciones del clásico de la literatura, resulta inevitable remitirnos al original de Lewis Carroll. Básicamente porque se trata de una obra imperecedera, que, a pesar de resultar francamente enigmática en una primera lectura durante la infancia, cada vez que se aborda inspira nuevas emociones y sensaciones. Así lo entendió el surrealista André Breton, quien escribió que Alicia en el país de las maravillas es “la adaptación al absurdo vuelve a admitir a los adultos en el misterioso reino habitado por los niños”.
Por supuesto, las dos obras cumbre del matemático y escritor inglés Lewis Carroll se mencionan en 1001 libros que hay que leer antes de morir. Alicia… puede que sea “un viaje refinado, radicalmente inglés, a un país onírico, pero no carece de lado oscuro”. Y eso es precisamente lo que plasma Tim Burton en su film de ensueño, en el que se refleja, al más puro estilo de su película Sweeney Todd, el lado más oscuro del libro.
Pero abordemos el original de Carroll en palabras de los críticos de 1001 libros… “Amodorrada en la orilla del río Isis, Alicia, de siete años, espía al conejo blanco consultando ansioso su reloj y decide, de una forma más bien precipitada, seguirle al subsuelo. Durante la persecución del puntilloso conejo, se mete en una serie de apuros extraños. Cuando bebe pociones y come hongos, crece desde el tamaño de una mosca hasta el de una casa, o se le alarga el cuello hasta parecer el de una serpiente. Se encuentra con personajes grabados para siempre en nuestra conciencia: el Ratón, que chapotea en el ‘charco de lágrimas’, cuyo relato se representa tipográficamente en forma de sinuosa cola; la Oruga que fuma en narguile; la horripilante duquesa, que acuna a un cerdo; la desesperante sonrisa del Gato de Cheshire; el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, que beben té y meten al lirón en una tetera; la asesina Reina de Corazones, que juega al críquet con flamencos a modo de mazos; y la lastimera Falsa Tortuga, que le enseña el Baile de las Langostas. Siempre en su papel de remilgada ingenua, Alicia intenta enfrentarse a la locura con la lógica, en una historia que critica con amabilidad el poco comprensivo puritanismo de la educación burguesa victoriana”.
Seis años después de Alicia en el país de las maravillas, en 1871, Carroll recuperó el personaje de Alicia con una nueva idea: seguirla hasta el mundo situado detrás del espejo, que está desplegado como un tablero de ajedrez. En Alicia a través del espejo, la protagonista empieza de peón y se convierte en reina, y cada capítulo del relato está dedicado a un movimiento dirigido hacia este objetivo. A medida que se suceden los acontecimientos, un problema de ajedrez, mostrado en un diagrama al principio del libro, se soluciona de manera correcta.
Quedémonos con el fragmento que abre este increíble libro: Desde luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el gatito blanco no tuvo absolutamente nada que ver con todo este enredo… fue enteramente culpa del gatito negro.
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